2:50 a. m.
Este mes es el cumpleaños de mi abuela, mi Nina. Uno de los mayores amores de mi vida, madre, abuela, apoderada del colegio, protectora, ella podía ocupar todos los roles que tenían relación conmigo y todos los hacía bien. Mi casa estaba junto a la casa de mis abuelas, por lo que cada invierno, mi mamá dejaba de llevarnos a mi hermano y a mi a la sala cuna, para dejarnos con mis abuelas y mi tía (hermana de mi mamá). Yo crecí en este hogar lleno de amor y de mujeres fuertes, mujeres inteligentes… mujeres admirables, sería muy largo contar el porque todas y cada una de ellas merecía todos estos adjetivos, eso será para la autobiografía que algún día escribiré.
Mis años de niñez siempre fueron entre estas mujeres, abuela, tía abuela y tía materna, luego de la separación de mis padres, que fue bastante tormentosa, mi hermano se fue a vivir con mi padre y yo me quedé con ellas. Tiempo después, mi mamá comenzó una relación con quien es hace casi 25 años su marido y a quien llamo papá. Por razones laborales fue trasladado a Iquique y ahí se comenzó a desarmar mi mundo. Tenía que tomar la decisión más dolorosa de mi niñez, partir con mi mamá o quedarme con mis viejitas y mi tía, que eran mi burbuja de amor, donde nada me dañaba... Fue muy difícil, decidir sobre esto a los ocho o nueve años, fue dramático, por todos lados perdía algo, un trozo de mi corazón allá y el otro acá. A esa edad, comencé a ver la vida como realmente era, no todo era bello, no podía tener todo lo que yo quería, el dolor estaría presente en el norte o acá, maduré por obligación….me quedé con mis abuelas y mi tía, ese era mi nido. En esa casa todo era para mí, y a pesar de ello no era una malcriada insoportable, me educaron bien, me hicieron fuerte, pero sensible, bondadosa pero con la cuota precisa de desconfianza, me hablaron de igualdad, de motivación, de inquietudes, de compartir, me enseñaron de derechos y obligaciones. Como admiraba yo a estas mujeres, como las amaba…no podía concebir mi vida sin ellas, fueron mis viejitas las que secaron mis lágrimas colegiales, las que escucharon mis suspiros adolescentes, las que, en las tardes de invierno me llevaban a la cama una bandeja con te con leche y pan tostado, mientras yo veía “tardes de cine” con ellas, nos encantaba ver películas de Fred Aster, Ginger Rogers o Jim Kelly, para que hablar de las películas de Elvis….lo pasábamos tan bien. Mi niñez en esa casa fue feliz, solo me llenaba de lágrimas las tardes de invierno cuando llovía, no se porque la lluvia siempre me causó nostalgia de mi mamá, me pegaba a la ventana y lloraba, lloraba mucho…hasta que llegaba una de ellas y me tenía abrazada por largo rato, sin decir nada. Mis viejitas siempre sabían lo que tenía, les bastaba mirar mis ojos para saber que dolor causaba mis lágrimas.
Así pasó la vida, yo crecí y ellas envejecieron, todo pasó tan rápido. Siempre pensé, que sería de mi cuando mis abuelas no estuvieran, se me apretaba el pecho al pensarlo...
Un día llegó la invitación a casa, una tía invitaba a mi Nina a Palma de Mallorca, donde ella vivía hace muchos años, con pasajes pagados y todo. Mi vieja estaba feliz, le brillaban los ojos….y yo me sentía terriblemente egoísta, porque desde que llegó la carta no quise que fuera. Nunca le dije sobre los miedos que tenía en mente, no quería traspasarle mis pensamientos negativos a ella, estaba tan feliz, decía que era el sueño de su vida, como retenerla entonces?, con que derecho?
El 8 de Diciembre del 98, día de mi cumpleaños, partimos rumbo al aeropuerto, mi tía y yo llenas de miedos e inseguridades de los que nunca hablamos, hasta tiempo después. Mi corazón apretado, cuando cruzó policía internacional, la pena fue mas grande y la certeza de no volverla a ver se hizo insoportable, lloré como nunca, lloré como adelantando lo que venía. Le dije miles de veces que la amaba mucho, que la extrañaría, que cualquier cosa que pasara, me llamara, a la hora que fuera.
Los primeros días de Febrero del 99 recibimos el llamado de Palma, mi abuela se había caído en la calle y se había fracturado la cadera. La angustia y la desesperación de no poder partir corriendo a verla nos destrozó, no teníamos el dinero necesario para emprender viaje, estábamos atadas de pies y manos en Chile, con la mujer que nos dio su vida entera, enferma y al otro lado del mundo. No podía dejar de pensar en mi Nina, necesitaba oírla, me decían que estaba mejor, pero no me dejaban hablar con ella. En la oficina y a través de Internet, conseguí los datos del hospital en Palma, tuve que llamar muchas veces para poder ubicarla, le prometí a mi jefe que podía descontarme todos los llamados, me pasaban de un lugar a otro, hasta que de pronto su voz dulce, pero triste, contestó el teléfono….casi morí de pena en ese instante, en su voz un poco adormecida por los calmantes, se notaba el dolor, la tristeza, el cansancio. Intenté hablarle con alegría y optimismo, le dije cuanto la amábamos, cuanto la extrañábamos, le pedí que tuviera fuerza para recuperarse y volver, ella repetía que nos extrañaba mucho, “mis niñas” (mi tía y yo), “como las necesito”… con el alma hecha pedazos y sin querer cortar el teléfono, me despedí, porque ella ya no tenía fuerzas para hablar más. Absolutamente descompuesta, pedí permiso y me fui a casa de mi tía, le conté todo, lloramos juntas, descubrimos que ambas teníamos los mismos presentimientos y aprehensiones antes del viaje, luego nos tomamos un “té con leche”, recordando a nuestra Nina.
A las cinco de la mañana del día siguiente, mi tía me llamó para decirme que mi Nina había muerto. El dolor más grande, una pena insoportable, un vacío enorme, comencé a quedarme huérfana, ella no era “como” mi madre, era mi madre.
Este 17 de Agosto es su cumpleaños, pero no puedo ir a verla, está allá en la tierra de sus sueños, donde quiso pasar sus vacaciones ideales. Palma de Mallorca, se quedó con mi viejita.
Morir lejos….cuando alguien a quien amas muere lejos de ti, se duplica el dolor, la desesperación, el consuelo nunca llega. El duelo no termina, no tener un espacio físico donde hablar con ella, donde dejarle flores….hasta el día de hoy las extraño, las veo, cierro los ojos y sus gestos, sus movimientos, voces, caricias y mimos vienen a mi. Cada vez que cocino las recetas que ellas me enseñaron, cada vez que bordo un cuadro en punto cruz, cada vez que le tejo un chaleco a mi hija, cada alegria que quiero contarles, cada vez que tengo pena, cuando necesito fuerza, ellas están conmigo.